Los ultras, fuera del fútbol

Los incidentes protagonizados por radicales del Marsella en San Mamés ponen de relieve la falta de medidas tras la muerte de un ertzaina en febrero

Radicales franceses, en Bilbao./Ignacio Pérez
Radicales franceses, en Bilbao. / Ignacio Pérez
EL CORREO

Apenas tres semanas después de que el ertzaina Inocencio Alonso muriera en unos altercados entre ultras del Athletic y del Spartak de Moscú, la conmoción que invadió el mundo del fútbol y que alentaba a actuar ya contra la barbarie se ha perdido en el olvido. Ningún estamento federativo español ni europeo, ninguno de los gobiernos que entonces se declararon indignados, se ha puesto manos a la obra para impedir que reconocidos energúmenos campen a sus anchas de estadio en estadio. Mientras unos y otros siguen sin pasar de las musas al teatro, de las palabras de escandalizada indignación a los hechos, la tragedia volvió a rozarse el pasado jueves. Radicales del Olympique de Marsella, que hace ahora dos años arrasaron el centro de Bilbao, hirieron a dos vigilantes de seguridad en San Mamés, a los que golpearon con saña tras haber colado bengalas en el campo y lanzarlas a otros espectadores. Una mujer resultó herida. Resulta inexplicable que descerebrados con antecedentes, que anteponen su condición de violentos a la de seguidores de un equipo –sea el que sea–, tengan libre acceso a un recinto deportivo. Que alguien les facilite entradas. Que nadie impida su desplazamiento. Que se muevan por el mundo con aparente impunidad pese a ser bombas de relojería que explotarán o no en función de factores no siempre controlables. La Ertzaintza, cuyo efectivo despliegue evitó altercados antes del partido, se vio obligada a irrumpir en las gradas de San Mamés y detuvo a tres ultras del Olympique. La insultante tolerancia con la que numerosos clubes acogen a escoria violenta, que se blinda tras su supuesta afición a unos colores, es una parte no desdeñable del problema. Tiene sentido, aunque sea insuficiente, la iniciativa aprobada ayer por el Parlamento vasco en la que emplaza a los equipos a impedir que bárbaros de ese tipo formen parte de su masa social. Pero un asunto de esta gravedad exige, además, la firme implicación de las instituciones y de organismos como la UEFA con medidas tan duras como sea necesario antes de que haya que lamentar más tragedias. Parece razonable reclamar que la presencia en un partido de fútbol no sea un ejercicio de alto riesgo.

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